
Hacía tiempo que quería volver, pero por una razón u otra no lo había hecho. Y no, no es que lo que más me interese del arte sea su aspecto monetario o comercial. Pese a que no pude resistirme a preguntar por el precio de una escultura de Oteiza o el de una pintura de Millares y no haya duda de que, a través de las galerías, las ferias dan visibilidad a los artistas, contribuyen a que estos puedan vivir de su trabajo y hacen que el arte se mantenga vivo más allá del ámbito museístico, como historiadora este me interesa más desde el punto de vista humanístico-filosófico. Me sorprendió que, al preguntar tímidamente en alguna ocasión por el coste de una pieza, sin aparentemente dudarlo (lo cual por otro lado, ante mi pregunta, era algo lógico), los galeristas pensaran que era coleccionista o una posible compradora e intentaran vendérmela (¡ya quisiera yo coleccionar arte!); que me dejaran tocar algunas esculturas como si nada pasase dándole, sin saberlo, la razón a aquel profesor que nos decía que el arte había que palparlo con las manos y que así lo hiciéramos cada vez que fuéramos a un museo aunque nos llamasen la atención; o encontrarme con algunas obras de primer nivel apoyadas directamente sobre el suelo como si de mercancía y nada más se tratase, de piezas no ya desprovistas del aura de sacralidad que adquieren en un ámbito museístico, sino sin espacio para ser mostradas en un lugar más «digno».
Todo ello me hizo reflexionar y preguntarme: ¿qué es lo que, en realidad, aporta el valor (y no me refiero al económico) a una obra?, ¿quién la convierte de verdad en «arte» haciendo que, lo sea o no, la observemos como si de un objeto de culto se tratara? Pero también disfrutar, disfrutar de obras consagradas y plenamente reconocibles o familiares, descubrir a artistas que no conocía y cuyas piezas hicieron volar mi imaginación, reafirmarme en que es el arte de los siglos XIX y XX el que más conecta con mi sensibilidad y en que además, por qué no decirlo, me atraen mucho las antigüedades. ¿Cómo entender si no que la decoración de una de mis ventanas, además de por piedras encontradas en el campo y espejuelo, esté formada por herraduras y clavos de hierro desenterrados por los arados de un agricultor o por una vieja botella llena de tierra agarrada al cristal sacada de una cueva?
Y es que sí, en FERIARTE, y concretamente en los stands de galerías como Jorge Juan, Luis Carvajal, Gabriel Pinós, Viridian, Jorge Alcolea, Claudia González o Lorenart (por citar aquellas donde, con su amabilidad, los galeristas verdaderamente me hicieron desear llevarme alguna obra bajo el brazo) pude disfrutar frente a cuadros de pintores del siglo XIX como Zuloaga, Ramón Casas, Rusiñol, Martín Rico o Sorolla; frente a otros de autores del XX como Díaz Caneja, Miró, Picasso, Millares, Saura, Feitó, Zóbel, Mompou, Guerrero, M. Rivera, Barjola, Manolo Valdés, Equipo Crónica, Genovés, Carmen Laffón o Vasarely; y frente a esculturas de artífices como Amadeo Gabino, Jorge Oteiza, Pablo Serrano o Manuel Rivera. ¿Cómo no tener tentaciones de «deshojar» las obras metálicas del valenciano para adentrarte en el viaje cósmico que te proponen?, ¿o intentar unir el mundo con las Unidades Yunta de Serrano?, ¿o navegar sobre una lámina de agua en calma en el velero azul en el que Rivera nos invita a montar?
Agradecí toparme con todas estas obras, pero también descubrir otras de pintores y escultores más cercanos en el tiempo pero ya muy valorados (y cotizados) como Carlos Albert, indiscutible continuador de la tradición de escultores como Chillida o Chirino, o de otros completamente desconocidos para mí hasta este momento como Miguel Macaya, autor de un sugerente Capricho de pera (2024) que te lleva a pensar que incluso la fruta del postre que vas a tomarte puede convertirse en un globo aerostático para librarte de lo que tienes enfrente, Maite Carranza y Pablo Bruera, autores respectivamente de sutiles y «dibujadas en el espacio» obras tituladas Ondas rojas de viento (2025) y Pequeño Universo (2019), Manuel Marín, autor de una enorme Escultura movil (1980) que te invita a pensar en Calder, Javier Aldarias, artífice de Miedo (2025), o Aurora Cañero.
Nacida en 1940, la madrileña es autora de una extraordinaria serie de angelotes en bronce patinado realizados entre 1999 y 2003 que acapararon mi atención de una forma magnética. Y es que sí, se trata de obras completamente alejadas del lenguaje de las vanguardias, ese que libró a la escultura del clasicismo que casi la aboca al ostracismo a finales del siglo XIX, de esculturas figurativas y, una vez más, apegadas a la representación del cuerpo humano, antropomórficas. Pero también donde, sin duda, está presente ese «algo» misterioso que no sabemos lo que realmente es y que denominamos «ARTE».
Y nos preguntanos: ¿y qué es el arte?, ¿por qué en estas obras sentí que estaba presente de una forma especial? Y más allá de ello, ¿por qué, sin pensar en que fueran de este o aquel estilo, o de ese o aquel material, o que siguieran aquella u otra tendencia, colapsé la memoria de mi cámara fotográfica con ellas?
He ahí a esos angelotes con planeta, con arco y con campana, con tambor, con aro, con patín y con estrellas; con balón. A esos angelotes con planeta y con balón mostrándonos que quizá el arte no sea más que un juego: ese mágico y feliz juego que me llevó, una y otra vez, a desplazar mi mirada desde la parte inferior de sus pedestales hasta la superior para adentrarme en un planeta donde el balón nunca deja de botar, ni el aro de girar, ni las estrellas de brillar pese a que a su alrededor todo pueda ser oscuridad. He ahí a esos angelotes con planeta, con arco y con campana, con tambor, con aro y con balón. Y con patín. Y con estrellas…
(Por María Fraile Yunta, doctora en Historia del Arte)
GALERÍA DE IMÁGENES













































































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