
Andaba paseando por un parque con árboles centenarios a media mañana cuando sonó el teléfono y me llevé una alegría: deseaban hacer de mi cuento un libro. Y no, no voy a negar que me costó creerme que aquello iba en serio y que me hizo una gran ilusión todo lo que me contaron que llegaría. Pero tampoco, que lo que más me entusiasmó se resume en tres palabras.
Pasaron unos meses hasta que el libro llegó a mis manos, y en medio de la ilusión, a veces sentía incertidumbre. ¿Y si no le gustaba a nadie? ¿Y si no era todo tan bonito, o quizá, aquello era demasiado para mí? Apareció el síndrome del impostor. Pero recordé aquellos momentos en los que la vida me había sugerido el camino y pensé que lo que aparece en la misma es porque tiene que aparecer.
No es fácil exponerte, desnudar tus emociones, que es lo que, en definitiva, haces cuando escribes. Y mucho menos, hablar en público de tu propia obra cuando siempre lo has hecho de la de otros. Pero abrir las páginas de Viaje Lunar en cada uno de los lugares en los que las he abierto ha hecho que la luz salte de las mismas para mostrarme un camino lleno de estrellas.
¿Cómo explicar la satisfacción que sentí cuando aquella madre se acercó a mí emocionada para contarme que vivía una situación difícil y el cuento le haba traído luz?, ¿cuando aquel padre me dijo entusiasmado que su hija nació en el mismo año en el que lo escribí y deseaba tenerlo o cuando aquella abuela me explicó que su nieta le pide una y otra vez que se lo lea cuando va a la casa del pueblo de la que ella misma no quiere sacarlo?
No hay palabras para expresar la gratificación que sientes cuando te cuentan estas cosas, y tampoco, cuando en tu presentación ves que una hija ya en edad adulta le entrega «la luz» a su madre aquejada por la enfermedad, que esa niña que tanto te quiere corre y pega un salto para entregártela a ti misma e incluso que aquella otra a la que le encanta dibujar te representa a ti con el libro bajo un cielo estrellado.

—Llevo días esperando verte para decirte una cosa. ¿Vas a escribir otro libro?
—Sí.
—Pues es que quería decirte que si escribes algo del pueblo yo puedo contarte muchas cosas de antes, historias de la gente de aquí —me decía J.
Y qué difícil será olvidar el entusiasmo de J al ofrecerme esa ayuda tan especial, o a aquella anciana con andador que se llevó sus poemas escritos con boli a mi presentación y que a la salida me hizo leer uno de ellos en alto, o a aquel librero que me envió un poema dedicado a la luna y ¡cantado por él! para desearme suerte el día de mi presentación en su pueblo.
«¡Vaya, qué cosas pasan, sin que uno pueda evitarlo!», rezaba la carta que, escrita de puño y letra, nos envió por correo postal la maestra a la que cito en todas mis presentaciones a mi amiga y a mí tras la primera de ellas. Y vaya que si pasan, pues los ojos vidriosos de esta cuando me escuchaba leer el cuento sobre el mismo escenario sobre el que hacíamos los festivales de Navidad cuando éramos pequeñas, sí, el mismo sobre el que siempre me ponían en última fila porque era de las que peor bailaban de la clase, no pueden ser casualidad.

Aquel día era 14 de octubre y yo estaba abrumada, medio mala. En mi entorno se había creado expectación y no me encontraba en las mejores condiciones. ¿A quién me dirigía, a aquellos niños y niñas que me observaban expectantes desde la primera fila, a aquellos vecinos y vecinas que me conocían desde que mi madre me llevaba en el carro o a esos familiares para quienes aquello era un acontecimiento?
El espacio se quedó pequeño. Faltaron sillas y algunos me escucharon desde esa misma puerta donde, hace más de treinta años, yo me enganchaba pataleando a mi madre en los primeros días de escuela porque no quería que me dejara allí o por la que salía corriendo despavorida en busca de mi abuela durante el recreo los lunes de mercadillo.
¿Merezco yo tanto?
Me siento agradecida por todas las personas que se han interesado en mi libro, me conozcan o no, de aquí y de allá, por todas aquellas que me han abierto las puertas y han acudido a mi llamada en los lugares en los que he estado presentándolo, por aquellas otras que fielmente me acompañan cada día para ayudarme en mi “humilde montaje” formando ya parte de esta pequeña historia cuya luz espero que sea el inicio de muchas más…
Y es que, más allá de las ventas, del mayor o menor éxito de un libro entre millones de libros, solamente ya por estos pequeños grandes momentos merece la pena escribir.
¡Feliz día del libro!

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